Descripción:

Jesús Mª Terciado Valls

Presidente de CECALE

Sería de necios negar la realidad y dejarse llevar por el inconsistente optimismo que transmiten las técnicas del marketing. Para impulsar la recuperación económica sobran las tácticas: hace falta compromisos ciertos. Hasta los ciudadanos mínimamente iniciados saben que la primera regla de oro para afrontar una situación de crisis es reconocer su verdadera dimensión.

Lo cierto es que el estado de opinión de este país está presidido por una preocupación generalizada ante el incierto futuro más inmediato. Sólo hay que repasar las últimas oleadas del CIS, poco sospechoso de antipatriota, para comprobar que el ciudadano medio tiene miedo, incluso un cierto pánico, ante la incierta evolución de la deriva económica.

El español medio palpa, día a día, los efectos reales de una crisis que amenaza con instalarse entre nosotros más allá, no sólo de lo deseado, sino de lo posible. Y claro, datos como el avanzado por el Banco de España, ratificado posteriormente por el INE, que ponen de manifiesto el estancamiento general de la economía, no ayudan precisamente a generar optimismo. Todo lo contrario.

Pero cómo explicar, en este sentido, la opinión ciudadana española sea una de las tres más pesimistas de los 24 países que han participado estos días en la cumbre del G-20... Si la crisis afecta a todos ellos, ciertamente, ¿por qué se ha instalado un grado de pesimismo tan acusado en la opinión pública española? ¿Por qué se contagia España en todos y cada uno de los procesos gripales que hace saltar las alarmas de los mecanismos de rescate en la UE? ¿Por qué aumenta la dificultad y el coste de colocar la deuda por parte del Estado de las autonomías, también la de Castilla y León?

La respuesta, en mi opinión, siendo técnicamente compleja, se resume en una única palabra: desconfianza.

Desconfianza, derivada de la pésima gestión de la crisis que ha realizado, y realiza, el Gobierno de España. Desconfianza, debido a la escasa credibilidad en la culminación de las reformas anunciadas o emprendidas -tímidamente, eso sí- por el Gobierno de España. Desconfianza, en fin, porque los mercados internacionales no confían en que nuestro país logre reducir su déficit público hasta los porcentajes comprometidos y en los plazos fijados.

Es verdad que el anuncio de las reformas y los recortes, por parte del Gobierno, despejó en gran medida las dudas que había alimentado España sobre el colapso económico-financiero al que caminaba a mediados de este ejercicio. Sin embargo, la falta de firmeza con la que ha abordado esas reformas ha vuelto a resucitar aquellos fantasmas.

Nuestro país se ha revelado incapaz de reducir el extraordinario nivel de gasto público alcanzado en los años de bonanza. Ejemplo de ello es el contraste, la paradoja que ha puesto al descubierto la evolución del empleo en estos años de crisis. Mientras el sector privado ha protagonizado un duro y doloroso ajuste en este periodo, las administraciones públicas se han limitado a tímidas contenciones del gasto corriente, en general más aparentes que reales.

Es decir, mientras el sector privado perdía miles de empresas y más de 1,6 millones de empleos, las administraciones han elevado sus plantillas en 244.000 personas más. Si en 2007 se contabilizaban 14 empleados públicos por cada 100 ocupados, actualmente son 17 de media en España. Y si se analiza esta relación por comunidades, encontraríamos porcentajes más abultados, como el de Extremadura (32%) o el mismo de Castilla y León (25%).

Y así, un país esclavo de su gasto público, en el que la inversión productiva se desploma mes a mes y cuyos poderes públicos se han desentendido prácticamente de la situación, camina justamente en la dirección contraria a la generación de confianza.


Fecha de publicación: 16/11/2010
Medio: Negocio y Estilo de Vida